Los cambios en las condiciones climáticas pueden ejercer una presión considerable sobre la piel y acelerar el proceso de envejecimiento. El viento, el sol y el aire seco favorecen la degradación del colágeno y la elastina, las proteínas que mantienen la piel firme y elástica. Esto hace que la piel pierda su elasticidad, lo que puede provocar la aparición de arrugas y una flacidez visible.
La piel suele reaccionar a los cambios de temperatura produciendo un exceso de grasa, lo que puede provocar la obstrucción de los poros, la aparición de granos y una textura irregular de la piel.
Las fluctuaciones de temperatura y humedad provocan que la piel pierda hidratación. El aire especialmente frío y seco aumenta la sequedad, lo que hace que la piel se sienta tirante y propensa a descamarse. La barrera cutánea debilitada aumenta el riesgo de irritación y grietas en la piel.